Ley Universitaria: ¡Abajo Cotillo! ¿Y arriba?

José López Ricci

Escribe:               José López Ricci

San Marcos, históricamente, siempre estuvo liderando los procesos de reforma universitaria que fueron concebidos en nuestro país. Hoy, en sus claustros, se está disputando la principal y más compleja batalla por iniciar la reciente ley universitaria. Toma de local, enfrentamientos, la sombra del senderismo, la elección de una rectora interina de los recientes ex amigos de Cotillo, el desconocimiento de ésta y el reciente nombramiento de un rector interino por el grupo de Cotillo. Con, o sin, Cotillo tiene las horas contadas, pero batalla van a dar. Nos esperan más tensiones y leguleyadas. Hay otros rectores de universidades públicas rebeldes a la nueva normativa (Cantuta, Villarreal, entre ellas) que todavía se mantienen en sus trece.

La foto previa de la universidad pública es la de donde imperaba la mediocridad académica, el caos administrativo y condiciones propicias para la corrupción y el enquistamiento de grupos de interés que han venido sacando provecho de tal situación. Contadas islas de eficiencia y buen nivel académico, como algunas facultades así como maestrías y doctorados, han evitado que el panorama sea desolador.

Es la consecuencia del desinterés de gobiernos nacionales en el último medio siglo. En 1995 Fujimori decidió la intervención militar de algunas de ellas, como parte de su estrategia antiterrorista. Desarmó un espacio de presencia y reproducción de grupos terroristas como SL y el MRTA. Pero fue una ‘pacificación’ militar sin contenidos y dirección en lo académico, tampoco en lo político. Los siguientes gobernantes se pusieron de perfil ante esta problemática. Todo una “papa caliente”, valga decirlo. Son importantes recursos de todos los peruanos comprometidos, incluso crecientes por efecto del canon minero, para que esta institución pública cumpla funciones claves para el desarrollo nacional y de los territorios donde se ubican. El balance es deficitario.

Se debe reconocer la pertinencia y decisión de algunos congresistas, como Daniel Mora, y del actual Ministro de Educación por ‘comprarse este pleito’ y sortear muchas presiones de poderosos intereses. Si bien existen algunas observaciones que le han señalado diversos especialistas en la materia, esta ley –qué duda cabe– es un paso adelante. Abre esperanzas de imaginarse y dar pasos concretos para una universidad que se reencuentra con su misión.

El desafío de esta reforma universitaria no solo es normativo, es principalmente político. No se resolverá de manera espontánea ni por decreto. Se necesita de actores visibles y con legitimidad, propuestas de fondo y viables, correlación de fuerzas favorable para implementar y sostener este proceso. El “remedio” fujimorista no solo le cerró el paso a las organizaciones subversivas, en paralelo desmontó la organización estudiantil y la representación política universitaria, que desde los 80’ tuvo manifestaciones de pluralidad con presencia activa de versiones renovadas en la izquierda y de partidos políticos como el APRA, PPC, AP, DC; superando el sectarismo e intolerancia que caracterizó a la izquierda tradicional de ese entonces

Cotillo va caer. ¿Cambiaran las cosas? No se aprecian liderazgos, organizaciones o movimiento docente y/o estudiantil que encarnen un proyecto de modernización institucional y competitividad académica en la Decana de América. Los que podrían son débiles y desarticulados. Igual ocurre con la gran mayoría de universidades públicas.

Si nos remitimos a las propuestas que hicieron hace poco las distintas listas para la reconstitución de su federación universitaria, el panorama era desalentador. Todos tenían una fijación por asuntos administrativas o por demandas populistas, muy parecidas a las que primaban en los 70’ del siglo pasado. Salvo la mención a un genérico y abstracto “superemos la mediocridad académica”. Ganaron los que registraban el enfoque más tradicional.

¿El remedio puede ser peor que la enfermedad? Es un escenario posible. Los que tienen interés en que la reforma no prospere o se desvirtúe no son sólo los rectores reacios. Las anteriores administraciones se han movido en las mismas coordenadas, y los que pueden tener posibilidades de reemplazarlos igual. Saben cómo operar en esas condiciones y pueden tener la habilidad de sacarle la vuelta a la ley o en su nombre hacer lo mismo que antes o peor. El escenario deseable es el de la emergencia de un movimiento renovador con un claro y consistente discurso reformista, que alinee voluntades e intereses de docentes y estudiantes por la modernización de la organización y gestión institucional y la competitividad académica. Es un desafío de los actores involucrados. Optar por alguna variante de más de lo mismo o decidirse a liderar el cambio, con los costos y sacrificios que ello implica.

El panorama nacional, por su parte, no parece muy alentador. El próximos cambio de gobierno podría ser una oportunidad para mejorar y continuar lo avanzado por el gobierno humalista. Pero varios partidos aparecen vinculados a universidades privadas y otros se han pronunciado respaldando a los rectores rebeldes. Esta semana se deben presentar los planes de gobierno, por ahora es magro lo que se viene planteando al respecto.

Es hora de que la universidad ocupe un lugar destacado en la agenda pública, principalmente por sus aportes. Es tiempo de comprometernos a la reflexión y acción con su presente y futuro. Es un desafío que debe tener el protagonismo de la comunidad universitaria, pero también de los gobernantes y partidos políticos.